
Con la cabeza:
Aborto es la interrupción del embarazo de la mujer, en el lapso que va desde la concepción hasta el momento en que debe producirse el parto. Puede ser espontáneo (lo que sucede en uno de cada cinco embarazos, en particular antes de las 13 semanas de gestación), o inducido. Lo que sigue es una discusión centrada en el aborto inducido.
Con el corazón:
Mi pequeño Gabriel
El atardecer cae como el amanecer, como la noche, como la mañana. Sentada en mi silla de madera intentaba acunar mi vientre hinchado, cantando nanas de dulces palabras dispuestas a dormirte en sueños profundos. Mis manos querÃan acariciar tu rostro, pero mi propia carne me impedÃa llegar hasta ti. Acurrucado en mi interior dormÃas con respiración calmada.
En el devenir de los dÃas habÃas parecido más agitado, intrigado seguramente por lo que te ofrecerÃa el mundo exterior. Sin embargo, ahora, aletargado por el calor de mi vientre, soñabas tranquilo.
Me levanté pausadamente, protegiendo tu cuerpo con mi mano izquierda. Dirigiéndome hacia la habitación tropecé con uno de los juguetes que habÃamos comprado para tu nacimiento. La ilusión se habÃa quedado reflejada en el ticket de compra, tan abultado como nuestra felicidad.
Tú dentro de mà te revolvÃas, yo te sentÃa tan adentro, tan profundo, que ni mi propio corazón podÃa padecer el vÃnculo que los dos tenÃamos. Mi sonrisa se reflejaba en tu respirar, mis palabras quedaban grabadas en tu minúscula expresión, tu latido y mi latido iban al unÃsono, como la música de un piano, como la melodÃa de la ilusión.
Envuelta en mis propios pensamientos, oà el ruido del timbre al sonar. Te noté en mi interior despertar. Te noté la alegrÃa. Noté tu bienestar, arropándote entre el lÃquido, dispuesto a dormir un poco más.
Al llegar a la puerta del núcleo de mi ser se produjo un pinchazo. En lo más recóndito de mi carne parecÃa habitar un voraz dolor, que se reÃa de mi pequeño y de mà punzando mi estómago. Segundos interminables, lágrimas contenidas y labios agrietados, el dolor se disolvió entre las cenizas de la normalidad.
Tomando fuerzas de la nada, accioné la puerta para dar paso a mi marido. Su silueta alta y delgada se deslizó graciosamente por la abertura que se abrÃa entre mi cuerpo y la pared. Sus manos, callosas por el trabajo duro, nerviosamente buscaban el cuerpo de su bebé. El abrazo, el beso, las lágrimas de emoción. La paternidad es un lamento agradable que te embriaga hasta morir.
Saludado al hijo, pasó a la madre. Unos labios tiernos y cariñosos se chocaron contra mi mejilla, sonrojada por tal muestra de puritanismo. La carcajada nació de mi pequeño que, riéndose de su propio padre, con su risa pedÃa un beso de amor y no de ternura.
Y no se hizo esperar. Humedeciendo mis labios esperé su pasión, acariciando mi espalda recordé los primeros abrazos, cautivos, delirantes, escondidos..
Quejoso mi pequeño me dio una patada. Él requerÃa ahora toda mi atención. Mis palabras se dirigieron una vez más hacia él, brisa a ciegas en la noche le hablé de cómo serÃa su vida cuando naciera. Le conté cómo era el mundo, le conté que serÃa feliz, le conté que le querÃa.
Imaginé sus manitas diminutas entrelazadas con las mÃas, paseando por el parque, jugando con los patos, acariciando a los perros que pasaban.
Imaginé su risa inocente cuando se manchara, su lloro inconsolable cuando se cayera.
Soñé con poder tocarle, tan suave como me lo habÃa imaginado.
La voz de mi marido me despertó de mi letargo. Con sus palabras amables me dijo que fuera a comprar el pan ya que él, una vez más, se habÃa olvidado.
Mientras bajaba las escaleras de nuestro apartamento hacia la calle, la risa se apoderó de mà de nuevo. Siempre olvidaba comprar el pan.
Doblé la calle saludando a la vecina, que habÃa llegado del supermercado. Sin embargo ella sólo tuvo palabras para ti, pequeño, acariciándote y deseando poder verte. Mi sonrisa pareció contagiarte y en un inesperado instante, el hipo se hizo presente en ti.
¡Que sublime sensación! Tu hipo, hijo, me hacÃa reÃr. En medio de la calle yo reÃa feliz por tu presencia, notando cada minuto que tu existencia estaba tan ligada a mà que no podrÃa ser nunca desligada.
Tu latido, mi latido.
Tu respiración, mi respiración.
Tu vida, mi vida.
Los transeúntes no parecÃan apreciar la felicidad que me embriagaba. No obstante ellos no lo entendÃan. Eras parte de mÃ. Aquella parte que no deseabas que nunca saliese de tu interior y que, paradójicamente, deseabas que estuviera en el mundo. Pero ellos no lo podÃan intuir.
¿Cómo lo iban a hacer?
Tarareando mi nueva vida contigo, empecé de nuevo a caminar deprisa hasta la panaderÃa que se encontraba dos calles más adelante. A mi paso se topó un hombre corpulento que, distraÃdo, chocó contra ti. Las disculpas fueron aceptadas sin ningún tipo de resquemor ya que parecÃa entender tu sorpresa por el empujón y acariciando mi vientre te pidió perdón.
Seguà mi camino, cruzando la calzada en la que los coches esperaban al verde del semáforo…
Mientras, tu padre estarÃa fregando los platos de la cena de ayer. Los amigos se habÃan decidido a visitarnos y regalarnos ropas y juguetes para la llegada del pequeño. Por supuesto los regalos fueron por duplicado, por si era niño o niña, ya que no habÃamos decidido saber tu sexo porque te querrÃamos igual.
Aunque sinceramente siempre quise que fueras niño. Mi pequeño Gabriel..
Cuando llegué a la panaderÃa el sueño ya estaba convirtiéndose en realidad. Te podÃa ver jugando entre los panes que la señora Luisa mantenÃa en exposición, pidiendo gominolas o incluso chantajeándome con cariño para comprar unos pasteles. Ya oÃa tu risa de complacencia al conseguirlo. Tus pequeñas pisadas correteando hacia la puerta, con tu triunfo entre las manos, dispuesto a chivarte a tu padre el exceso de mimo.
PodÃa oler tu pelo, ver tu sonrisa, sentir tu piel acariciándome en un beso familiar.
En la panaderÃa habÃa dos mujeres esperando su turno, mientras Luisa mantenÃa una conversación entretenida con una señora. A mi llegada me correspondió con una sonrisa y un buenos dÃas afable. Yo respondà con una gran ilusión, esbozada en una amplia sonrisa.
Dejando su puesto, Luisa bajó hasta mi altura para poder verme mejor y me preparé para recibir uno de sus halagos. Su mirada investigó mi cuerpo, mis manos, mi cabello, mis ojos…y por fin te miró.
Alegres encantos salieron de su boca al contemplarte.
De repente de su boca nació una interrogación. Zigzageo nervioso en sus manos escudriñó mi vestido. El rojo intenso habÃa teñido mi ropaje, volviéndose preocupación lo que antes era de un azul cielo.
Mis manos te protegieron, mi mirada se clavó en ella, ella me miró. Notaba el rugir de la desesperanza en la garganta de las clientas, que me miraban horrorizada como si de una escena dantesca se tratase.
La danza en mi mente empezó su función, la cabeza era un vals de difuntos que entonaba su última canción.
En un grito intenso le pregunté al dolor voraz. Él se volvió a reÃr de mà y de mi pequeño. Mi pequeña vida inanimada, mi ilusión perdida entre cebada, mi vida entera enjaulada en el miedo de volver a casa. No podÃa estar pasando.
Mañana estarÃamos Gabriel y yo paseando por el parque, oliendo las flores, sintiendo su risa dentro de mÃ, su dulce tacto envolviéndome en un abrazo.
La inocencia muerta en mi seno sin haber sido presentada al mundo.
La muerte eterna de mi corazón.