“El hombre es un ser que pregunta. Desde que nacemos comenzamos a preguntar […]. Incluso podrÃa decirse que la historia de la humanidad es la historia de las preguntas y respuestas que los hombres nos hemos hecho.â€
(Octavio Paz, poeta mexicano)
¿Qué motiva a un chef a crear una nueva receta? ¿Qué impulsa a un explorador a viajar hasta lugares remotos? ¿Por qué hacen tantas preguntas los niños? Todo esto se debe, casi siempre, a la curiosidad.
Y en nuestro caso… ¿Despierta nuestra curiosidad las ideas novedosas? ¿Nos interesamos en encontrar la respuesta a cuestiones que se nos plantean a diario?
Desde la infancia, la curiosidad nos ha impulsado a hacernos preguntas, con la finalidad de descubrir el porqué de las cosas. Cuando una idea nos atrae, procuramos averiguar todo lo posible sobre ella. Asà pues, la curiosidad puede producir excelentes resultados. Sin embargo, también puede ocasionar grandes problemas, e incluso desastres. Se necesita prudencia y equilibrio en algunos temas.
Muchas personas han oÃdo el dicho: la curiosidad mató al gato. Y es que la curiosidad excesiva puede ser peligrosa. Por ejemplo, un niño pudiera tocar una estufa encendida, con graves consecuencias. Aunque no puede negarse que ser inquisitivos puede impulsarnos a aumentar nuestro conocimiento y a llegar al fondo de las cosas. Ahora bien, ¿serÃa sensato investigar cualquier tema que nos llamara la atención? La verdad es que el tratar de conocer ciertas cosas, puede hacernos daño.
También hay cierta información que tal vez no sea mala en sà misma, pero que es frÃvola e inútil. Piense en lo siguiente: ¿De qué sirve conocer los detalles de la vida privada de las estrellas de cine o de otros famosos? ¿Qué sentido tiene memorizar las estadÃsticas de cada equipo y de cada deportista? ¿Para qué aprenderse las caracterÃsticas de los aparatos electrónicos o de los autos más recientes? A la mayorÃa de las personas, ser un “experto†en estos temas no les sirve de nada.
Pero la curiosidad, desde luego, tiene su lado positivo. Veamos el caso de Alexander von Humboldt, naturalista y explorador alemán del siglo XIX, a quien la corriente de Humboldt, que bordea la costa oeste de Sudamérica, debe su nombre.
Alevander von Humboldt y Bonpland en la selva amazonica del rÃo Casiquiare. Óleo Eduard Ender (c.1850)
En cierta ocasión, Humboldt dijo: “Desde mi temprana juventud tuve el afanoso deseo de recorrer tierras lejanas, poco visitadas por europeosâ€. Según él mismo relató, llegó a sentir “una secreta fascinación que a veces llegaba a ser casi irresistibleâ€. A los 29 años emprendió una expedición por América Central y del Sur, que duró cinco años. Con toda la información que reunió, redactó una crónica de treinta volúmenes sobre sus viajes.
Cualquier cosa le llamaba la atención: la temperatura del océano, los peces que lo poblaban, las plantas que encontraba a su paso. En sus viajes escaló montañas, exploró rÃos y surcó los mares. Sus investigaciones sentaron las bases de varios campos de la ciencia moderna. ¿Qué lo impulsaba a investigar? Su desbordante curiosidad y un insaciable deseo de aprender que lo acompañó toda su vida. En palabras del ensayista estadounidense Ralph Waldo Emerson, “Humboldt fue uno de esos prodigios del mundo […] que surgen de vez en cuando como para mostrarnos las posibilidades de la mente humana, la fuerza y la envergadura de nuestras facultadesâ€.
Es verdad que la mayorÃa de nosotros nunca seremos famosos exploradores o inventores. Y puede que en los años que dure nuestra vida, tampoco logremos entender todas las cosas que quisiéramos. Aun asÃ, nunca dejemos que nuestra curiosidad se adormezca. Debemos mantenga vivo el deseo de aprender, un deseo innato que tenemos implantado dentro de nosotros.
Por eso, sácale partido a tu curiosidad, mientras lo hagamos permanecemos vivos.
Escrito por: Toni (Cosas Sencillas).