Esta frase es, a mi parecer, una de las más acertadas definiciones del amor. Y lo serÃa totalmente si no fuese por su última parte. Cuando se ama no se piensa, ni se puede pensar, que ese sentimiento pueda terminar. Mientras dura, el amor es eterno, y no se tome esta afirmación como una frase más o menos ingeniosa. Cuando se ama, cuando se ama de verdad, no se puede pensar en que el amor que se siente pueda tener fin. Si ello se imagina el sentimiento será ilusión, pasión, deseo, lo que se quiera, pero no amor. El amor es sublime, total, absoluto, es invencible, es avasallador; ¿cómo imaginar que lo que sentimos con tanta ansia, con tanto ardor, pueda terminar un dÃa?
Y, a veces, sÃ, termina. Con dolor, con sufrimiento, con desilusión. Aquello que habÃamos imaginado eterno tiene, como otras cosas, un final. Pero ¿en realidad es asÃ? Creo que el enamorado, el que siente la pasión de amar hasta lo más recóndito del corazón, hasta los tuétanos, continúa amando. El amor se lleva dentro y es tal la fuerza del amor que es fácil que, después de su muerte aparente, surja con más Ãmpetu, aplicado a otro ser.
Al dÃa de hoy la palabra amor ha sufrido una desvalorización extraordinaria: se dice hacer el amor para referirse al simple coito. Pero el amor, primero se siente, luego se piensa y por fin se hace. Se hace incluso sin contacto carnal. El amor no es producto de unas determinadas glándulas sino que es, en esencia, espiritual.
Todo lo anterior no es más que una introducción a un historia que me gustarÃa relatar. Confieso que siempre tuve por leyenda la historia de los Amantes de Teruel. Me parecÃa mentira la doble historia romántica, además, conocÃa los trabajos de Emilio Cotarelo y Mori sobre el asunto, que a mi entender no ofrecÃan duda alguna.
Pero cayó en mis manos el magnÃfico libro de José Luis Sotoca GarcÃa titulado Los Amantes de Teruel. La tradición y la historia (editado en la Colección Aragón de la LibrerÃa General de Zaragoza en 1979 y segunda edición en 1987). Después de leer el libro no hay lugar a dudas: la historia de los Amantes de Teruel es relato verÃdico y auténtico, como lo prueba la gran aportación de documentos y análisis filológicos que el señor Sotoca aporta en su libro.

La historia puede relatarse asà siguiendo el llamado «Papel de San Pedro», publicado como anexo tercero en el libro citado. El suceso acaeció en el año 1217, cuando era juez de Teruel Domingo Celada. Un joven llamado Juan MartÃnez de Marcilla (más adelante se le llamó Diego, equivocadamente, asà como Marsilla en vez de Marcilla, también por error), que tenÃa veintidós años, se enamoró de Isabel Segura, hija de Pedro Segura (no tenÃa otra hija y era muy rico). Los jóvenes se amaban desde niños y veÃanse continuamente, pues las casas eran vecinas. Ya mayores, el joven dijo que deseaba tomarla por mujer y ella respondió que su deseo era el mismo pero que nunca lo harÃa sin que su padre y su madre se lo mandasen.
Pidió el joven a Pedro Segura la mano de su hija y la respuesta fue que, si bien era de buena familia, no tenÃa bienes de fortuna, pues era segundón y el padre tenÃa otros hijos con derecho a la herencia. Pedro Segura añadió que darÃa a su hija treinta mil sueldos de dote y la casa en que vivÃa.
El joven dijo a Isabe que pues su padre no le despreciaba sino por el dinero, que esperase cinco años en que él se irÃa a la guerra, ya por mar ya por tierra, hasta tener el dinero necesario. Ella consintió en el plazo, y Juan se ausentó por espacio de cinco años y luchando contra los moros ganó empleos y dinero.
Durante este tiempo la doncella fue muy presionada por el padre para que tomase marido; la respuesta de ella fue que habÃa votado virginidad hasta los veinte años diciendo que las mujeres no debÃan casarse sin que pudiesen y supiesen regir su casa. El padre, como quiera que la amaba, la quiso complacer, pero cumplidos los cinco años le dijo:
—Hija mÃa, es mi deseo que tomes esposo.
Y ella, viendo que los cinco años habÃan pasado y que en este tiempo nada habÃa sabido del enamorado, decidió obedecer a su padre y éste la desposó con Azagra y a poco tiempo hicieron las bodas.
Es necesario explicar que los desposorios antes del matrimonio eran cosa corriente y normal en aquellos tiempos, figuraban como sacramental y precedÃan al auténtico matrimonio y no podÃan romperse fácilmente. Por otro lado, el nombre de Azagra figura en relaciones posteriores a la auténtica que existÃa en un papel llamado «De letra antigua», en el que se basaron los siguientes narradores de la historia.
La novia dio en estar de allà en adelante melancólica y pensativa; no trataba ya de nada sino ponerse de negro. Y, por fin, se celebró el matrimonio. A esta sazón entró por la sala donde estaba Segura un paje con un recado y dice que Marcilla el viejo le da noticias de que su hijo viene con salud y muy rico, de lo que tuvieran gran regocijo. Llegó el joven Marcilla a su casa y le dieron la noticia de haberse desposado Isabel; con todo, disimuló delante de su padre porque su gozo no se enturbiase con su pena.
Acostóse Marcilla pero no reposó; dejó la cama y embozado se pasó al convite o danza del casamiento de Isabel y, en cuanto comenzaron los instrumentos a tocar, salió Isabel a danzar pero Marcilla, con más dolor que si viera un cuchillo en su garganta, dando rienda al furor dejó aquel sitio y se metió dentro del aposento que estaba aparejado para el tálamo de los novios, que como la casa andaba tan revuelta lo pudo hacer sin que lo vieran.
Concluye el festÃn al tiempo que aunque quisiera salir no pudo. Oye que las visitas se van y a su aposento se recogen los novios y queriendo el marido usar del derecho que el matrimonio le concede, Isabel le ruega que se abstenga de ello por aquella noche porque es la única que le falta para cumplir un voto prometido. Azagra insiste pero ella vuelve a negarse replicando que no es justo gozar contra su gusto a ninguna mujer, principalmente siendo la propia, y se lo ruega vertiendo lágrimas y entre sollozos. Acostáronse con eso entrambos juntos y él, de cansado, se quedó dormido mientras ella despierta, aunque estaba casada con Azagra, tenÃa en su pecho a Marcilla.
Juan, en este punto muy osado y atrevido como amante, salió silenciosamente de detrás de las cortinas y cogiendo a Isabel con entrambas manos le dijo quién era y cómo habÃa llegado allÃ. Isabel quedó muda de espanto y temor, no sabiendo si gritar o estarse callada, momento que aprovechó Juan diciéndole:
—Escúchame, Isabel, no te espantes que no es mi intento atentar contra tu honor. Tu padre no me quiso por ser pobre y te casas con un hombre rico, pero te digo que es imposible que él te quiera como yo te quiero pues sabes que por ti padezco y muero. Prefiero morir a perderte. Sólo te pido un beso en premio a mi fe y mis servicios por el presente dolor y el bien pasado.
—Te confieso, Juan, que del mismo modo que te amaba te amo ahora, pero puesto que ya me casé ya no soy mÃa, estoy, aunque no muerta, ya enterrada y no te puedo dar lo que es de otro. Besándote te darÃa lo que pertenece ya a mi esposo, haciéndole agravio y padeciendo mi castidad.
En este sentido siguió la breve conversación que en voz baja sostenÃan los dos enamorados, él insistiendo y ella negando, y dando un suspiro Juan dijo:
—Bésame, que sin remedio me muero.
Y negándoselo ella, él dijo:
—Adiós, Isabel.
Y dio consigo en el suelo. Isabel le llama y viendo que no contesta se da cuenta de que no respira y ha muerto. Quedó la muchacha sin habla y sin aliento y llamando a su marido le dice:
—Perdona, estaba soñando que una amiga siendo pequeña quiso bien a un galán y no quisieron sus padres que se casasen por no tener igual hacienda, con lo que él partió a la guerra prometiéndose mi amiga que estarÃa cinco años esperándole y, sea por lo que fuere, casó con otro, y cumplido el término llegó el galán, que pudo verse con ella a solas antes que el esposo lograse el fruto del matrimonio. Él, desesperado, pidió a mi amiga un solo beso y ella se lo niega diciendo que ha de guardar a su esposo la fe de puro honrada. Por tres veces él se lo suplica y ella firme se lo niega diciendo que antes prefiere morir que faltar a la fe del matrimonio y en diciendo esto ve con espanto que su enamorado cae al suelo entregando su alma a Dios. Esta tragedia vi entre sueños cuando tú oÃste las voces que daba, y ahora dime, pues te precias de discreto, si la dama pudiera darle el beso al galán sin faltar a su deber o bien permitir que muriera.
Azagra se rió y le dijo:
—Esta dama fue necia, impertinente y melindrosa sobre ser muy cruel con quien la amaba, y ya que en vida no le dio el beso al galán en peligro de muerte debÃa darle uno y dos mil de sentimiento. Éste es mi parecer.
A esta respuesta se deshizo Isabel en lágrimas y suspiros y llevándole al lugar donde Marcilla estaba muerto le dijo:
—Yo soy la impertinente, la necia y la melindrosa, pero honrada.
El marido se quedó pasmado viendo un espectáculo tan lastimoso; perplejos no acertaban a resolver el conflicto; por un lado temÃan la justicia si hallaban el muerto en su casa, por otro lado el temor a que la familia de Marcilla pudiese creer en una muerte alevosa. Al fin se resolvieron a llevarlo y ponerlo delante de la puerta de la casa de su padre, lo que hicieron sin ser vistos pues ambas casas eran vecinas.
Llegó el dÃa y las gentes que por allà pasaban conocieron que era el joven Marcilla el que estaba cadáver frente a su domicilio; avisaron a su padre, que vio a su hijo rodeado de amigos y deudos llorando todas el desgraciado acontecimiento. El padre, sin que nadie lo pudiese estorbar, se arrojó sobre el difunto bañándole con lágrimas el rostro y estando abrazado con él a ambos juntos les entraron en la casa.
Acudió la justicia y también Magra haciendo ver que no conocÃa el hecho. Y determinaron todos a hacerle las exequias y darle sepultura y por su alma mil sufragios.
El entierro fue solemne, porque Teruel era entonces plaza de armas en la empresa que el rey don Jaime querÃa hacer contra los moros de Valencia, y habÃa diez banderas de saldados.
Como la casa estaba próxima a la de Isabel de Segura, ésta oyó el lamentoso canto del entierro y desde una ventana vio al difunto metido en unas andas y un sudor frÃo le invadió el cuerpo. Presurosamente se despojó de sus galas y vistió un traje monjil de basta tela y bajó apresurada y afligida a la calle y se metió en medio de las mujeres.
La procesión con el cuerpo llegó a la parroquia de San Pedro en donde colocaron el cuerpo de Marcilla sobre un grande túmulo y, empezando el oficio, Isabel, muy cubierta, se llegó a donde estaba el féretro suspirando:
—¿Es posible que estando tú muerto tenga yo vida? No tengas de mi fe duda que pueda vivir un solo punto, perdona mi tardanza que al instante contigo me tendrás.
E inclinándose sobre el difunto le besó en los labios quedando inmóvil. Los asistentes quieren retirarla del féretro y al hacerlo se dan cuenta de que habÃa muerto y reconocen en la mujer difunta a Isabel de Segura.
Azagra, al contemplar el espectáculo, no pudo contenerse y relató lo que habÃa sucedido en su casa la noche anterior y, de acuerdo con la familia de Marcilla, decidieron que supuesto era verdad cierta que Juan e Isabel desde niños se tuvieron entrañable amor y los dos habÃan muerto de puro enamorados, era razón que se enterrasen los dos en un sepulcro. Lo que hicieron solemnemente.
Esto sucedió en 1217, y el año 1553 —otros dicen que 1555—, siendo Miguel Pérez Arnal juez de la ciudad de Teruel, labrándose una capilla antigua en la iglesia de San Pedro donde estaban sepultados, hallaron sus cuerpos en dos ataúdes o cajones de madera que estaban juntos en una sepultura y enteros sin casi nada tener gastado de sus cuerpos, según dice el documento contemporáneo. Los cuerpos momificados fueron cólocados en una alacena del claustro de la iglesia de San Pedro, siendo trasladados después a un templete diseñado por Lacarrier, en donde permanecieron hasta 1902, cuando colocaron las momias en unos ataúdes donde estaban a la vista del público. Hoy descansan en unos sepulcros debidos a Juan de Avalos.
Esta historia se encuentra casi exactamente narrada en el Decamerón de Boccaccio, en el cuento octavo correspondiente a la tercera jornada (en el libro de Sotoca figura como de la cuarta jornada, pero es un error). DecÃa Cotarelo Mori que en Boccaccio debÃa encontrarse el origen de esta historia que tenÃa por fabulosa. El estudio de Sotoca GarcÃa no deja lugar a dudas de que la influencia fue al revés de como suponÃa Cotarelo, ya que el cuento de Girolamo e Saivestra pertenece a la primera mitad del siglo XIV, mientras la historia de Termal tiene su origen como se ha dicho al comienzo del siglo XIII. Es seguro pues que, debido a la enorme influencia polÃtica y cultural que el reino de Aragón ejercÃa sobre Italia, llegase a oÃdos de Boccaccio la historia de los amantes turolenses y las aprovechase para su libro, aunque no es cosa que pueda probarse absodutamente en estos momentos. Es curioso que Boccaccio inicia el cuento diciendo «Según cuenta la tradición», cosa que no dice apenas en otros lugares del libro. Jaime Caruana, en su libro Los Amantes de Teruel, dice que en Boccaccio «todos los detalles concuerdan con la tradición turolense acoplándose con facilidad y resultan forzados en la versión italiana, probando que no es sino una adaptación trasplantada del suceso que no fue bien aquilatada en su impresionante idealismo por el materialista Boccaccio».
Sea como fuere, la historia sentimental y romántica de los Amantes de Teruel debe figurar por derecho propio entre las más bellas historias de amor. Para quien desee conocer más a fondo la verdadera historia de los amantes le recomiendo sin vacilar el magnÃfico libro de Sotoca mencionado varias veces.
Blogger invitado: Toni (Cosas Sencillas).
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